Colegios, espacios que deben volver a ser seguros

Escribe Mario Grandón Castro

Un profundo estremecimiento ha recorrido al país. No es para menos. Lo ocurrido en el Instituto Obispo Lezaeta, donde una inspectora perdió la vida tras el ataque de un alumno, ha dejado una huella de dolor, incredulidad y reflexión en toda la comunidad educativa chilena.

Como ex profesor,   el silencio no es mi opción. Este no es solo un hecho policial: es una señal de alerta, quizás una de las más graves que hemos visto en los últimos años. Lo sucedido es dramático, inaceptable y profundamente triste. Nunca debió ocurrir que una profesional de la educación muriera cumpliendo su labor, en un espacio que, por esencia, debe ser de protección, formación y cuidado.

Desde estas tierras de Malleco, lejos geográficamente, pero cercanos en el sentir, surge el deber moral de expresar condolencias a la familia de la funcionaria fallecida, a sus colegas y a toda la comunidad educativa golpeada por esta tragedia. El dolor es compartido, porque cuando la violencia entra a la escuela, hiere a todo el país.

Sin embargo, este hecho extremo no surge de la nada. Hace años que distintos episodios de violencia escolar —aunque sin consecuencias fatales en la mayoría de los casos— vienen encendiendo señales de alarma. Hoy, lamentablemente, esa violencia ha escalado. Se ha hecho más visible, más cruda y, lo más preocupante, más frecuente.

Se ha hablado mucho de programas de salud mental, de convivencia escolar, de apoyo psicosocial. Pero en demasiadas ocasiones, esas iniciativas han quedado en el plano de los anuncios. La realidad, en cambio, avanza más rápido y con mayor dureza. La convivencia en los establecimientos educacionales atraviesa una crisis que ya no admite diagnósticos repetidos, sino acciones concretas y urgentes.

No obstante, sería un error cargar toda la responsabilidad en las escuelas. La educación es reflejo de la sociedad, y en esa ecuación las familias cumplen un rol insustituible. La formación en valores, el respeto, la contención emocional y el acompañamiento no comienzan en el aula, sino en el hogar. La violencia que hoy vemos en algunos colegios también habla de fracturas sociales más profundas.

Lo cierto es que no podemos seguir normalizando estos hechos. No podemos acostumbrarnos. Cada episodio de violencia escolar es una señal de que algo no está funcionando como debería. Y cuando esa violencia cobra una vida, el llamado es urgente y transversal.

Los colegios deben volver a ser espacios seguros. Lugares donde estudiantes, docentes y asistentes de la educación puedan convivir en paz, con respeto y dignidad. Las familias chilenas necesitan —y merecen— tener la certeza de que sus hijos e hijas estarán protegidos al cruzar la puerta de un establecimiento educacional.

Hoy más que nunca, Chile debe mirarse a sí mismo y actuar. Porque la educación no solo forma estudiantes: forma sociedad. Y esa sociedad, claramente, está pidiendo ayuda.

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