9 y 10 DE JULIO…LA EPOPEYA DE LOS CHILENOS DEL CHACABUCO

El 9 y 10 de julio de 1882, se gestó en el poblado de La Concepción, en la sierra peruana, la hazaña más heroica de la historia militar de Chile.

Es por ello que, en el año 1916, se estableció esta fecha para el Juramento a la Bandera, donde los jóvenes soldados del Ejército, en homenaje a nuestros héroes de La Concepción, reafirman su compromiso con la seguridad y defensa del país.

El Combate de la Concepción

En el elevado paisaje de las altas cumbres, entre rocas, nieve y viento, en donde el aire es delgado y apenas alimenta los pulmones, vivieron y lucharon los soldados de Chile durante los años de la Campaña de la Sierra, la última y más prolongada etapa de la Guerra del Pacífico. Nuestras tropas habían ocupado Lima y la guerra tocaba a su fin. El General peruano A. Cáceres, apodado por sus connacionales como el “Brujo de Los Andes”, había organizado con agilidad de corsario, una campaña de hostigamiento constante a las fuerzas de ocupación.

El poblado de Concepción constituía el punto más débil de la línea chilena y se encontraba rodeada por las tropas y montoneras del General Avelino Cáceres, quien planeaba un ataque de gran envergadura. Es así como el alto mando chileno decidió a mediados de 1882, que una División, a las órdenes del General Estanislao Del Canto, ocupara la línea Cerro de Pasco-Huancayo, que domina gran parte del valle del río Mantaro, con el propósito de terminar con estos últimos ímpetus belicistas y restablecer el orden en la región. De acuerdo con la orden recibida, el 6 de julio de 1882, la 4ª Compañía del Batallón Chacabuco 6º de Línea, al mando del Capitán Ignacio Carrera Pinto, ocupaba el pueblecito de Concepción, tomando posesión de la plaza central de la aldea. Carrera Pinto, aún no conocía de su ascenso cursado en fecha reciente. Integraban la pequeña unidad los Subtenientes Arturo Pérez Canto, Julio Montt Salamanca, Luis Cruz Martínez, 73 soldados, de los cuales 9 estaban convalecientes de tifus. En total, sumaban 77 almas. Acompañaban a los soldados tres mujeres que servían funciones domésticas, una en avanzado estado de gravidez y la otra con un hijo pequeño de 5 años. Por su parte, las tropas enemigas, estaban al mando del Coronel Juan Gastó, y se componían de 300 soldados de línea y alrededor de 1.500 indios.

Era como si esta fecha estuviera fijada de antemano. En la sierra, una tempestad de sangre se iba a desencadenar. Justo para un 9 de julio. Así estaba estampado en la trinchera adversaria con la siguiente orden: “Ataque de conjunto al Ejército chileno, por la quebrada del Rímac, por la Oroya, por Jauja o La Concepción y por Huancayo”. A su vez, en el legajo de partes del Comandante en Jefe de la División chilena aparecía también esa fecha, pero precedida por otra: “8 de julio, evacuación de Huancayo. 9 de julio, ingreso a Jauja de todas las guarniciones del sur”. Por ello es que el grueso de las tropas chilenas se disponía a salir de Huancayo, con el objetivo de replegarse hacia el norte. Pero en La Concepción, en el cuartel chileno, el Capitán Carrera Pinto ordenaba a los Subtenientes Pérez Canto y Cruz Martínez, que se prepararan para el combate- “Tengo la certeza que el enemigo proyecta un asalto a este pueblo, hoy, después del mediodía”-. En todo caso, esperaba contar con el apoyo del General Del Canto, que luego de abandonar Huancayo, pasaría por La Concepción a eso de la una de la tarde. Confiaba en resistir el ataque adversario, hasta que llegara el grueso del contingente chileno y provocara un vuelco en este desigual combate. El bravío Capitán chileno, ya tenía claro el escenario del enfrentamiento- “Resistiremos dentro del espacio de esta plaza hasta que llegue la División del General Del Canto”- explicó. Todos lucharían, incluso el Subteniente Montt, que en precarias condiciones físicas, exigía su puesto de combate. Carrera Pinto, a su vez, ya había planeado que si no se podía resistir el choque inicial, la alternativa era replegarse ordenadamente sobre el cuartel. Cada uno se fue a sus puestos de combate, luego de un vigoroso ¡Viva Chile!

A tan bravíos chilenos, la idea de la rendición no estaba en sus mentes. El Capitán Ignacio Carrera Pinto, comunica a sus soldados que no aceptará capitulación alguna. Luego de la aclamación de la tropa, se aprestan a disparar la primera descarga, que es tan certera y constante, que obliga a los adversarios a retroceder. Carrera Pinto ordena el cese momentáneo del fuego y pide que tres voluntarios crucen las líneas enemigas, para poder avisarle al General Del Canto, que se encuentran rodeados, y que solo unos pocos y muy ayudados por la suerte, podrán resistir. “Que nos mande refuerzos y municiones”, indicó. El Sargento Silva y sus dos soldados pasaron la primera muralla humana, no pudiendo doblegar a una segunda. Empero, los chilenos continuaron con su resistencia, agotando casi todas las municiones, aún así, lograban contener a los indios de la plaza. Sin embargo, repentinamente estalló el fuego por un costado de la casa, Carrera Pinto sabe que si no salen del cuartel, perecerán en medio de las llamas. El grupo, ya no más de veinte hombres, se decidió a salir a enfrentar al enemigo. La apariencia de esos soldados en aquel escenario infernal, enrojecido por las llamas y sus gritos roncos, impresionó a los indios, que volvieron a retroceder. Ignacio Carrera Pinto decidió perseguirlos hasta el costado opuesto de la plaza, para causarles el mayor daño posible, pero cuando trataba de arengar a los suyos, un disparo le cortó la vida. La única esperanza de salvación que les quedaba ahora, estaba en agruparse detrás del pórtico de piedra del cuartel. Así en medio de esa selva de fuego, los soldados de Chacabuco lograron posesionarse dicho objetivo. Ya no eran más de diez o doce, pero los chilenos seguían defendiéndose. Fue inconcebible como aquel puñado de hombres logró contener y rechazar a la masa de atacantes… Comenzaba el amanecer del 10 de julio de 1882. Quince horas hacía que los soldados chilenos mantenían una resistencia suicida. Fieles al Título XXXII, Art. 21 de la Ordenanza General del Ejército, que impone: “El oficial que tuviese orden absoluta de conservar su justa a toda costa, lo hará”, habían ido sacrificándose jefes y soldados, como así lo atestiguaban los sacrificios del Capitán Ignacio Carrera Pinto y sesenta y siete soldados. Junto al pórtico de piedra del cuartel, se observaba el cuerpo sin vida del Subteniente Montt. Sólo quedaban vivos Arturo Pérez Canto, Luis Cruz Martínez y ocho soldados, que parapetados tras el marco de piedra del pórtico, cubrían con sus cuerpos a las dos mujeres y al niño.

Finalmente se desencadenó uno de los últimos ataques, en el que avanzaron mezclados montoneros, soldados e indios. Pérez Canto, ordenó a sus hombres: “¡Al ataque, valientes del Chacabuco!”. En ese mismo instante, cayó Pérez Canto y cuatro de sus valientes. Luis Cruz Martínez y cuatro sobrevivientes se replegaron. “Mi Subteniente, terminemos de una vez”- dijo uno de los soldados y sus compañeros aprobaron con ademanes resueltos. El fin estaba cerca, el Subteniente Luis Cruz Martínez les ordenó a sus hombres ajustarse los barboquejos de los quepis y ordenarse las guerreras para morir con los pendones de la patria bien puestos.

-¡Chilenos, ríndanse! ¡Ríndanse y les perdonamos la vida!

-¡Señores, los chilenos no se rinden nunca! El Subteniente se volvió a sus soldados y les ordenó vigorosamente:

-¡Soldados del Chacabuco, a la carga!

Los cinco hombres aferraron sus fusiles, nivelaron sus bayonetas a la altura del pecho y se precipitaron a la carrera. En el transcurso de unos pocos segundos, todo indicio de combate había desaparecido.

El General Del Canto había iniciado su marcha desde Huancayo a las diez de la mañana y se dirigía rápidamente a La Concepción. Al arribar pudo contemplar que el espectáculo que ofrecía la plaza y las ruinas del que había sido el cuartel de la 4ª Compañía del Chacabuco, era desolador.

Texto Adaptado de “Combate de La Concepción: Una Epopeya Inmortal” Adaptación de la obra ‘Una Epopeya Inmortal’, editada por el Ejército de Chile en 1982, al cumplirse el primer Centenario de este épico combate. Revista Alborada Nº88, Julio de 1984, Santiago, Chile.

La Historia de los Corazones

El General Estanislao del Canto, Comandante de la División a la cual pertenecía el “Chacabuco”, llegó a La Concepción solo dos horas después de haber finalizado el combate. Su relato es el siguiente: “El aspecto que presentaba el cuartel era lúgubre y conmovedor, porque sólo quedaban montones de cadáveres de ambos combatientes y el hacinamiento humeante aún de los escombros del cuartel que había sucumbido por el fuego”. A su vez, el General Del Canto ordenó que, como el cuartel estaba colindante con la Iglesia, se hiciese dentro de ella una fosa conveniente para enterrar a los oficiales y a la tropa que cupiese, y en seguida que se prendiese fuego a la Iglesia para que los escombros de ella salvaguardasen la profanación de cadáveres. También le anunció al Comandante del “Chacabuco”, Marcial Pinto Agüero, que se había ordenado sacar los corazones de los cuatro oficiales y ponerlos en un frasco con alcohol para traer un recuerdo de esos héroes.

Los corazones eran de los cuatro oficiales de la 4ª Compañía del Batallón “Chacabuco”: el Capitán Ignacio Carrera Pinto y los Subtenientes Julio Montt Salamanca, Arturo Pérez Canto y Luis Cruz Martínez, quienes habían encontrado gloriosa muerte junto a 73 suboficiales y soldados. Los corazones de los héroes llegaron a Santiago y se depositaron en una capilla especial de la Gratitud Nacional hasta 1901. Años más tarde fueron llevados al Museo Militar. Posteriormente, y por expresa petición de “Los Veteranos de la Guerra del 79”, el Presidente de la República Ramón Barros Luco, por orden ministerial del 19 de junio de 1911 y con la anuencia del Arzobispo de Santiago, Monseñor Juan Ignacio González Eyzaguirre, dispuso el traslado de los corazones a la catedral de Santiago, el 10 de julio de ese mismo año. En la fecha indicada y en presencia de los Estandartes del Ejército, Veteranos del 79, escuelas públicas, centros sociales y obreros, los corazones fueron trasladados a la Catedral Metropolitana y depositados, con profunda emoción y veneración, en una Cripta de mármol especialmente erigida para la ocasión.

Esa Cripta lleva la siguiente inscripción: “Aquí, en el primer templo de Chile y a la vista del Dios de los Ejércitos, para perpetuo ejemplo de patriotismo se guardan los corazones de Ignacio Carrera Pinto, Julio Montt Salamanca, Arturo Pérez Canto y Luis Cruz Martínez“.

 

Fuente: www.ejercito.cl


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