¡Hasta siempre, Antonio! Por Jorge Abasolo

Por Jorge Abasolo

ME costó asimilar la noticia. Cuando Doris Horvath me llamó para decirme que su hermano Antonio estaba muy grave, barrunté que el desenlace era inevitable.
Y puse la reversa en mi mente para recrear una multiplicidad de recuerdos que viví junto a este ser humano fuera de serie, con el que era imposible aburrirse. Sí, porque a su proverbial capacidad de trabajo, Antonio estaba empapado de todo, lo que le convertía en un gran conversador. Lo comprobé muchas veces, como cuando llegamos a Chile-Chico y me presentó a don Guillermo Vas Naranjo, un amante acérrimo de la historia y con quien estuvimos charlando hasta las tres de la mañana.
Ya a los 08:00 AM Antonio me estaba despertando pues era plena campaña electoral y había que continuar.
De una sencillez en grado supremo, en su humildad anidaba una gran comprensión por los seres humanos y una capacidad de sindéresis poco frecuentes en los políticos de hoy.
Hizo carne aquello de que la tolerancia es la más excelsa de las virtudes.
Y quiero dejar meridianamente claro que su humildad no fue jamás sinónimo de prosternarse ante los intereses de los poderosos. Vayan como ejemplo su lucha contra quienes sostenían con fuerza digna de mejor causa que Hidroaysén era la panacea energética para la región que representó con tanto afán. O cuando contra los intereses de ciertos grupos económicos, no trepidó en sacar adelante una iniciativa legal que obligaba a poner un posicionador satelital;y así evitar que la pesquera industrial arrasara con los pescadores artesanales.
¡A qué seguir! Su amor por la región quedó demostrada en frecuentes ocasiones.
En cierta ocasión le presenté a mi amigo Erick Pohlhammer. Ambos sintonizaron muy bien. Erick nos invitó a una cerveza en un local de Plaza Italia, en Santiago. A eso de las dos de la mañana y cuando la conversación estaba en el área chica, llegó un visitante molesto y desagradable llamado frío. Claro, era pleno invierno y… a Pohlhammer no se le ocurrió mejor idea que salir a trotar y dar un par de vueltas a la manzana.
Y partimos los tres…trotando y teniendo como compañeros de ruta a dos perros que deben habernos mirado como seres extraterrestres.
Relato esto porque también compartí con Antonio el amor por los perros. Imposible olvidar cuando recogió de la calle a un quiltro atropellado y quebrado en dos de sus patas. Lo llevó al veterinario, pero le dijeron que el can no podría vivir más de una semana. No conforme con la respuesta, Antonio lo trajo en avión a Santiago para procurarle un mejor tratamiento. Hasta donde recuerdo el perro sanó…y volvió con su nuevo amo a la ciudad de Coyhaique.
Era el “Gitano”, un perro hecho para las andaduras, esas mismas que tanto gustaban a Horvath.
Enemigo acérrimo de la parálisis creativa, siempre caminaba con un proyecto bajo el brazo…y en aras de la región que tanto amó.
Me consta que abominaba de las posturas artificiales y de los que alardeaban del servicio público, enmascarando de forma furtiva que lo que buscaban era lograr estatus social a la través de la política;y procurar mayores sinecuras a través de la misma actividad.
Me queda el consuelo de haberlo hecho reír, cuando las tensiones de la actividad política subían de grado. Y cuando me pidió que llevara a mi amigo el Palta Meléndez a sumarse a la campaña, las competencias de chistes derivaban en risotadas. Y así pasábamos muchas noches, entre mate y mate, costumbre que adquirí en Aysén gracias a mi amigo Antonio Carlos.
En otra ocasión hicimos un trato. Le dije que se dejara un día al mes para él solo, pues el trabajo no mata, pero el trabajo llevado a proporciones exageradas suele pasar la cuenta. Aceptó el desafío diciéndome: “Bueno, Jorge…pero con una condición: que tu dejes de fumar”.
En honor a la verdad, ninguno jamás cumplió la promesa.
Me queda el consuelo que algún día nos veremos, pues viajando noches enteras por la Carretera Austral, que él mismo diseñara, hubo tiempo para charlar de lo humano y lo divino. Ambos creíamos que la muerte era la estación terminal de la existencia aquí en la Tierra; y el comienzo de otra…desconocida pero existente.
Soy de los que piensa que hay una enorme simetría y desproporción entre el tiempo en que estamos con vida y el tiempo en que no lo estamos.
La vida es un soplo cósmico y hay que estrujar cada minuto de este caprichoso ascensor llamado existencia.
Si hasta pareciera que estamos en la Tierra en comisión de servicios. Como parte de un recreo, donde todo es un soplo pasajero.
Hay seres humanos que nacen para marcar surco y camino.
Antonio perteneció a ese grupo, sin duda. Trabajólico a más no poder, su descanso predilecto era pensar…en qué más podía hacer por su región.
Las razones por las cuales se fue a vivir allá, darían para otra columna.
Recuerdo que una vez le dije: ¡Y pensar Antonio que cuando te mueras, habrá un busto o una calle que lleve tu nombre!
Se limitó a enarcar una ceja, sonreír y retrucarme:
-“Ya pus compadre, no me mate antes de tiempo”.

No exagero al asegurar que con su partida, la Cámara Alta perdió a un senador insustituible, sus amigos deberemos seguir viviendo con una nube en el alma…y la región de Aysén ha quedado un poco huérfana y entre lágrimas, entre los muchos que lo quisieron.
Como los robles, Horvath tuvo que caer, para poder medir su real estatura.
¡Hasta siempre, querido amigo!

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