Jorge Abasolo: ¡La culpa no fue de Guillier!

La última elección presidencial tuvo características muy distintas entre la primera y segunda vuelta.

Y digo esto porque en el llamado ballotage extinguió los vientos de confrontación y permitió al país refrendar la decisión que ya había anunciado en primera vuelta: que no quería más gobierno de la Nueva Mayoría.

Y vinieron las recriminaciones de los derrotados, expiando sus culpas pero sin asumir la responsabilidad. Es claro: Ninguno de los copos de nieve se siente responsable del alud.

Alejandro Guillier hizo críticas maceradas al gobierno de Bachelet, aunque no podía negar que era el representante de ese gobierno, el más deficiente desde el regreso a la democracia. En consecuencia, sus dardos críticos debían ser calculados meticulosamente, no pasarse de la raya, pues el costo podía ser muy caro.

Es cierto que Guillier cometió errores, pero culparlo a él de la derrota es injusto.

Cuando ningún candidato de la Nueva Mayoría marcaba en las encuestas, asomó el fenómeno Guillier. Entonces, todos recurrieron a él, sin ganas, con poco fervor, pero pensando que era el salvavidas del momento. Quedó meridianamente demostrado cuando el Consejo General del PS no respaldó a Lagos, sino a Guillier. La votación interna del PS fuer secreta, para no dejar vestigios de traición al ex presidente.

Para entender la derrota de la Nueva Mayoría hay que remontarse más atrás.

Guillier coqueteó un poco más de la cuenta con el Frente Amplio, esa macedonia de trece movimientos, unidos para la galería, pero pensando muy distinto.

Antes del primer año del gobierno vino la bomba que pulverizó el gran capital humano de Bachelet: su credibilidad.

Eso de haberse enterado por la prensa del escándalo protagonizado por su nuera y su hijo (caso CAVAL) fue el comienzo de una sepultura que ya tenía fecha de vencimiento.

Ello fue el inicio de una catarata de errores que no se supo enmendar porque la falta de líderes hizo de cada uno un líder.

Entonces, en una maniobra propia de la desesperación se apeló al Papá Fisco para colmar una ya sobredimensionada administración pública. Eran los operadores políticos que seguían haciendo su agosto.

Al tercer año de gobierno la Nueva Mayoría había “atornillado” a camaradas de familiares en el Estado con sueldos siderales. El diario El Líbero reportaba que “el sueldo de 43 funcionarios que tienen vínculos familiares directos con las autoridades del Gobierno y la Nueva Mayoría, en promedio, es de 4,4 millones de pesos El gasto mensual total es de 193 millones y anual es de 1.124 millones de pesos”

De eso, no culpemos a Guillier. Sería tan injusto como absurdo.

Y luego se sucedieron varios episodios aislados que también terminaron por hartar a la opinión pública: el déficit fiscal más grande desde el retorno a la democracia, un premio injustificado a Javiera Blanco, cuyo pésimo desempeño al frente del SENAME no obtuvo sanción, sino hasta premio: la presidenta la incorporó al Consejo de Defensa del Estado, con suelto muy alto…¡y vitalicio!

Luego supimos (por la prensa) que la ex esposa del ácido diputado Osvaldo Andrade (PS) jubilaba con un sueldo de 5 millones de pesos. ¡Una bofetada a la conciencia pública!

En síntesis: de la derrota de la NM no culpemos a Guillier.

 

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