Eso llamado populismo, por Jorge Abasolo

POPULISMO es un término algo amorfo y harto ambiguo. Constituye casi un insulto y al mismo tiempo una descripción.

Se le suele emplear para apostrofar o descalificar a los adversarios políticos. Así, los norteamericanos liberales de izquierda califican de populista al Tea Party, quitándose de encima la obligación de estudiar la naturaleza y los reclamos de ese movimiento.

Luego, populismo sugiere la manifestación de pasiones primitivas y la explotación de una política instintiva.

Desde esta óptica, el populismo no respeta las reglas democráticas del juego y desprecia las instituciones legales y legítimas.

Las soluciones populistas son consideradas poco realistas, impracticables y tan absurdas como vacunar a los muertos de un cementerio. Es como pretender acabar con la pobreza por Decreto o declarar ilegal las malas intenciones.

 

El uso del término entre los europeos data de las décadas de 1920 y 1930. Por entonces, el populismo entrañaba una insidiosa alusión a los movimientos fascistas, que desde aquellos años se describen como populistas.

Por esta razón, la acusación de populismo tiene un considerable peso histórico cuando se aplica al Tea Party en los Estados Unidos o a los partidos de extrema derecha y antiinmigración en Francia, Holanda, Dinamarca y Austria.

En sus comienzos, el populismo provino especialmente desde el mundo de derecha, aunque en los años 20 del siglo pasado, con el advenimiento del fascismo la cancha comenzó a nivelarse. Y claro, pues Mussolini y la mayoría de los fascistas belgas y franceses provenían del socialismo.

Y como siempre hay masas que desean escuchar promesas (a sabiendas que no se cumplirán) se encandilan y dan rienda a su jolgorio ante el populismo desenfrenado. Por esta razón el populismo es renuente a morir, y sigue jugando con la angustia de los menesterosos: porque siempre habrá necesitados que desearán  oír los cantos de sirena que pondrá fin a sus vidas pecarías, hará realidad sus sueños y concretará sus expectativas de un modo simple y rápido.

Movilizar, sin  líder y sin programa, pero haciéndose eco de las demandas de los desamparados que no tienen tiempo de procesar lo que se les promete; y terminar con el capitalismo (sin ofrecer alternativa) …suele ser la ambición del populismo contemporáneo. Su consigna bien podría ser “tal vez no sepamos hacia dónde vamos, pero vamos juntos”. Es la frase pegajosa, el slogan consignista que atrae, que encandila, aunque sin médula y con más ingenio que contenido.

En todo caso, no hay que minimizar o desdeñar al populismo.

A veces, una técnica puede cambiar el mundo.

Y la retórica también.

Cuando Gutenberg inventó la imprenta, nadie imaginó que esa máquina conduciría  (al hacer la Biblia accesible a miles de lectores) a la Reforma protestante.

Sin la radio, Hitler no habría podido tomar el poder.

Tengamos cuidado y no despreciemos las potencialidades del populismo, porque al igual que el Diablo, es simpático

En eso radica su fortaleza y poder de persuasión.

 

 

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